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jueves, 31 de diciembre de 2020

DIBUJAR LO INVISIBLE: EL TIEMPO Y EL SONIDO EN LOS TEBEOS

 

Ahora que tanto se reflexiona sobre el lenguaje del Cómic, sobre la imagen secuencial, sobre que  “narrar bien” es más importante que dibujar bien, vengo observando que nos olvidamos de algunas de las convenciones gráficas más genuinas de este leguaje, que le permiten dar imagen a lo que no se ve: el sonido y el tiempo. 

 Me refiero a las onomatopeyas y a las líneas cinéticas. 

Son  dos recursos que, curiosamente, han generado siempre cierta desconfianza entre los autores. Muchos de los grandes clásicos parecían  sentir ciertas reticencias ante ellos. Más, si cabe, ante las onomatopeyas.  Foster, evidentemente, no las usaba, y las líneas cinéticas, lo justo. Como Raymond, incluso en Rip Kirby. (Porque en Flash Gordon no hay nada de nada.)

         O Milton Caniff, que sí que usa líneas cinéticas pero no onomatopeyas.

Parece que cuanto más naturalista es el tipo de dibujo, o más adulto su propósito, menos apropiado es utilizar estos recursos... ¿infantilizantes?

Sin embargo Roy Lichtenstein entiende perfectamente que esos dos convencionalismos gráficos son parte inherente ese lenguaje pop que él esta "sublimando".



Los autores de “novela gráfica” tampoco parecen muy convencidos de que su uso sea conveniente. Los usan con mucha timidez, con renuencia. Paco Roca, por ejemplo,  en “los Surcos del azar”, no dibuja el sonido de los disparos, se limita a escribirlo.

No parecen estar muy convencidos de que el texto TAMBIÉN es imagen.  Cosa que Vázquez, Wally Wood o Carlos Giménez entienden perfectamente.


El texto es imagen , y como imagen se puede dibujar. En el cómic, las onomatopeyas no se escriben , se dibujan. Y la manera de dibujarlas adjetiva el sonido representado, le añade significados.
En esta genial viñeta de C. Giménez vemos que se puede incluso prescindir de las figuras. Tan sólo los diálogos y las onomatopeyas, cada una de ellas dibujada con un tipo de línea distinta que refuerza adjetivamente el "significado" de ese ruido, no explican lo que pasa y en qué orden temporal pasa.

O incluso se puede convertir la onomatopeya en línea cinética que nos indica la trayectoria de un desplazamiento, representando a la vez un sonido y el tiempo que dura, y logrando crear una cierta "perspectiva sonora".
Como en este ejemplo de Stephen Bissette y John Totleben.


Una línea cinética representa la trayectoria de un cuerpo en movimiento. Por tanto en una sola imagen  está condensando el tiempo que ha transcurrido durante ese movimiento.  Es la representación sintética de una secuencia de  momentos.  Jacovitti lo borda. Puro futurismo.

Como Hergé, que aquí casi no recurre a las líneas cinéticas, simplemente a dibujar simultáneamente, en una misma imagen, las distintas posiciones que en distintos instantes sucesivos ocuparía el brazo.


Como Giménez, de nuevo, si bien aquí casi no recurre a las líneas cinéticas, simplemente a dibujar simultáneamente, en una misma imagen, las distintas posiciones que en distintos instantes sucesivos ocuparía el brazo. 


Burne Hogarth lleva al paroxismo esta forma de descomponer el movimiento en una yuxtaposición y superposición de momentos.
Y, en realidad, es un recurso bastante básico que se remonta a Altamira, como vemos en este jabalí que está moviendo las patas a toda velocidad.


Recurso que futuristas como Giacomo Balla usan sin ningún problema.

El otro modo de representación del tiempo es el más extendido y típico del cómic. Se dibuja en una única posición el elemento que se mueve y es la línea cinética la que nos hace vez la trayectoria que ha recorrido y el tiempo que ha pasado. Aquí Uderzo dibuja los personajes en una única posición. Es la línea cinética la que nos indica la trayectoria del movimiento y el orden temporal en que se han sucedido los golpes y el sonido correspondiente a cada golpe, que vemos en una misma imagen aunque entendemos que no serían simultáneos. 

  Termino con esta genialidad de Ibáñez en "Valor, y al toro", que demuestra la profunda comprensión que tenía, aunque quizá intuitiva, de lo que son estos recursos del tebeo.




 

martes, 14 de julio de 2020

EL PRESTIGIO INTELECTUAL DE LOS DIBUJOS FEOS: "LA CIUDAD DE CRISTAL" DE ISABEL GREENBERG

     Una parte de lo que hemos dado en llamar “Novela Gráfica”  busca dirigirse a  un tipo de lector adulto y culto (en un sentido generalista) que no sea el tradicional de los tebeos o cómics. Por eso la Novela Gráfica debe diferenciarse  de estos últimos de manera inequívoca y para lograrlo utiliza dos estrategias muy claras  (hay más, pero de momento me fijo en estas):

    1-La temática

  A/ Adaptaciones de grandes clásicos de la literatura universal o contar aspectos de la biografía de estos grandes autores o grandes personajes de la historia cultural: James Joyce, Milton, Thomas Bernhard, Chesterton, Kafka,  Lorca, Buñuel… 

B/ El ensayo o el periodismo.

   Estas referencias a la Alta Cultura proporciona lo que yo llamo “coartada cultural”: al leerlo puedes tener la conciencia tranquila porque no estás leyendo un simple tebeo sino algo con intenciones intelectuales mucho más elevadas, algo relacionado con la Cultura-de-verdad.

    2- Diferenciación estética. Hay que combinar esa temática elevada  con un aspecto gráfico “vanguardista”, que no recuerde a lo que se entiende como  clásico dibujo de cómic. Se ha optado por el dibujo deliberadamente desmañado, a menudo más cercano al registro gráfico del humor de prensa o de ilustración para niños. Un dibujo de aires “primitivos”.  Ernst Gombrich escribió un libro titulado “La preferencia por lo primitivo” en el que analiza la idea, que siempre ha existido entre los filósofos del arte de todas las etapas de la historia, de que el arte de los pueblos “primitivos”, como el arte de los niños, tiene más inmediatez y transmite más sinceridad, frescura y más verdad que el arte de los artistas entrenados, que dominan la técnica y que tienen escuela, y que, por tanto, nos dan una expresión mediatizada, adocenada, en la que el exhibicionismo técnico se impone y oculta  la expresión sincera. Opinión, esta, que se combina en este tipo de espectador con el efecto sicológico que le hace sentir "prevención ante las artes que gustan con facilidad, producto de un rechazo frente al placer inmediato de los sentidos que procuran unas obras que han llegado a un grado excesivo de sofisticación..."(Núria Lorens, 2004).    

Por supuesto que si estos dos principios se encuadernan en un tomo bien gordo, con tapas de cartoné, y a todo color en papel mate de buen gramaje, que cueste un buen dinero,  tienes una verdadera “Novela Gráfica”.

  Ejemplo de lo que digo: “La Ciudad de Cristal”, de Isabel Greenberg.

Lo compré porque había leído unas cuantas críticas muy elogiosas. Ya en la portada te dejan claro que el tocho trata de la vida de las hermanas Brontë. Es decir, que el contenido es “alta cultura”.  Hasta ahí, bien. El argumento me puede interesar. 

 ¿Y los dibujos? Pues aquí es donde me surgen todas las dudas que me han llevado a escribir esto: Son los más feos que me he encontrado en mucho tiempo.  Bueno, no es que sean feos, es que son de una torpeza que, cuando hacía fanzines de fotocopias grapadas, no se admitía. 



       El color lo arregla bastante, es verdad, pero no deja de producirme un raro desconcierto que alguien con tan evidentes carencias considere válidos esos monigotes. Y que un editor lo considere material que vale la pena publicar.  Aunque lo cierto es que la crítica les da la razón. 

    Por lo que he leído Isabel Greenberg es,  ahora mismo, una de las ilustradoras punteras en el Reino Unido. De hecho se nota que es más ilustradora porque las grandes composiciones de páginas dobles le quedan bastante resultonas. 




    Sé que lo de “dibujar bien” es algo muy discutido y discutible. Y más después de lo que el siglo XX  ha supuesto en el ámbito de las artes plásticas.  Yo no necesito que, para ser buenos, todos los dibujantes de tebeos deban ser Alex Raymond o Ralph Meyer. Pero sí que creo creo que para que un tebeo esté bien dibujado debe haber una adecuación entre lo que se pretende expresar y el cómo se expresa: Vuillemin, por ejemplo; Luis Durán;  Benjamin Marra.

   También ocurre que ciertos registros gráficos pueden ser muy eficaces en las distancias cortas, es decir, la ilustración de un texto o el chiste gráfico en un periódico, donde lo importante es la inmediatez,  pero no lo sean tanto para una narración de largo aliento. Me gusta el grafismo de Peridis en sus viñetas diarias porque veo una al día. Pero una historia continuada de 200 páginas con una viñeta tras otra dibujadas así, no sé si lo soportaría.

    Greenberg parece recrearse en su torpeza, creo que sólo en parte deliberada, y nos da rostros feos, figuras informes, empeñándose en dibujar manos y pies absurdamente minúsculos. 


Las manos que dibuja son las más amorfas que he visto en mi vida. Y desde luego no son las del Guernica de Picasso ni las de Gauyasamín. 

Y no siempre parece tener en cuenta el tamaño al que serán reproducidos los dibujos.  








Si en las páginas dobles hace ilustraciones bastante bien construidas, en las viñetas normales compone de manera muy descuidada y descompensada. 





No parece entender algunos de los recursos básicos del medio que está empleando, y, por ejemplo,   necesita que el rabillo de los bocadillos con los diálogos salgan necesariamente de la boca de los personajes que hablan, con lo que a menudo ahoga las figuras mientras deja enormes vacíos en otras partes de la viñeta.




Ni siquiera parece estar muy segura de las capacidades expresivas de sus dibujos, ya que muy a menudo se siente en la obligación de acompañarlos con alguna palabra que nos explique lo que debemos entender. Y, la verdad, es que a veces sí que son muy necesarias. 










     El  color es como el azúcar con que se doraban las píldoras para disimular su mal sabor y hacerlas más pasables. Gracias al color su manera de emborronar al tuntún y ensuciar los fondos para compensar con manchas los desequilibrios compositivos pasa un poco desapercibida. Esto se puede comprobar en algunas de las imágenes ya puestas.

En fin, no sé. Sólo pretendo expresar mi personal perplejidad de viejo lector de tebeos ante unos productos editoriales que logran éxito de crítica y que se convierten en prestigiosos y lujosos objetos de consumo cultural. Hay ocasiones en que no lo entiendo.

domingo, 11 de diciembre de 2016

IBÁÑEZ COPIANDO A FRANQUIN

   Parece ser que en la editorial Bruguera era habitual que a los dibujantes se les entregase ejemplares de revistas francesas (y también latinoamericanas) y, directamente, les pedían que plagiasen chistes o historietas que allí veían.
   El caso de los plagios de Ibáñez es el más conocido y el más divulgado. Cualquiera que haya leído "El sulfato atómico" y la aventura de Spirou "QRN en Bretzelburg" se habrá dado cuenta de que hay muchas cosas en común. Hay blogs que son más exhaustivos. Veáse: http://entodoelcolodrillo.blogspot.com.es/p/ibanez-desde-francia-con-amor.html

Yo sólo voy a poner un par de ejemplos más de esta constante "inspiración" de Ibañez en los tebeos franceses, y sobre todo de Franquin, sin que a estas alturas pretenda desacreditar a Ibáñez, ni a poner en entredicho  su enorme talento. Le debo tantas horas de felicidad en mi infancia que no puedo juzgarle con tanta severidad. 
   
Pero no deja de ser llamativo.