viernes, 13 de junio de 2014

CONTANDO LA MISMA HISTORIA: VARIACIONES SOBRE "EL BURLADO".

Se ha dicho muy a menudo que todas las historias ya están contadas, que el número de argumentos es limitado y que no hacemos otra cosa que repetirlos. Seguramente es cierto. Todos hemos visto decenas de películas que cuentan la misma historia, con las mínimas variaciones de los nombres de los personajes y de la época en que está ambientada.

Pero esto no es necesariamente malo. Robert Louis Stevenson, en el poema introductorio  a « La isla del tesoro », de 1883, evoca lo mucho que disfrutó siempre con las historias de piratas.
Y se refiere a ellas con estas palabras:  “And all the old romance, retold, /exactly in the ancient way”Es decir, las historias de siempre contadas como siempre se han contado. 
Al escribir la isla del tesoro sólo pretende continuar una tradición narrativa, volver a contar otra vez esas historias de piratas que a él siempre le gustaron y que otros muchos habían contado antes. 

Esta idea la recoge también Dorothy M. Johnson unos 60 años después en su cuento "El incrédulo" con estas palabras: "Mitchell volvió a contar la misma historia...sin cambiar una sola minucia, tal y como se supone que las historias han ser narradas." 

No obstante  hay veces en que las similitudes entre las historias son tan concretas que  sólo se puede pensar en que un autor ha leído al otro y ha decidido usar el mismo recurso.
Propongamos esta historia: una persona se ve atrapada por alguien que le va
 a torturar sádicamente antes de matarlo. Sabe que no tiene escapatoria, pero no quiere sufrir. Al final logra engañar a los torturadores para que le maten sin sufrimiento. Los torturadores se dan cuenta de que han sido burlados por la victima, que logra así una victoria póstuma.

 La primera versión que leí de esta historia es la de Hugo Pratt, en la  aventura de Corto Maltés,  “Hongos y cabezas”, de 1970.  Está ambientada en las selvas amazónicas y acaba con Corto Maltés observando una cabeza reducida por los jíbaros que quizá sea la del protagonista de la burla .






Pero es que 19 años antes, en 1951, Harvey Kurtzman había escrito y dibujado otra versión del tema para la revista "Two –Fisted Tales", que llamó “Jivaro death!”, aquí traducida por el más prosaico “Muerte a manos de los jíbaros”. Está también ambientada en el río Amazonas y el protagonista también acaba con su  cabeza reducida. Curiosa coincidencia.





    No sé si Pratt había leído la historieta de Kurtzman, pero estoy seguro de ambos conocían el estupendo cuento de Jack London (1876-1916) de donde tomo el nombre para esta entrada: “El burlado” (“Lost face”).
    Aquí hay cambios: El  protagonista es un polaco que, después de fracasar en distinta revueltas por la independencia de su país, acaba atravesando Siberia y llegando a Alaska cuando los rusos empezaban a establecerse allí, poco antes de 1790 (por lo que se dice en el cuento respecto a la presencia de españoles en las costas de Alaska).  Allí los rusos abusan y explotan brutalmente a los indígenas hasta que estos se rebelan y acaban con los explotadores torturándolos todo lo que pueden. El último que queda, el protagonista, se enfrenta al odio de un indígena al que obligaron a trabajar a latigazos. Aquí, como en Pratt, uno de los torturadores indígenas conoce personalmente a los blancos y tiene comprensibles razones para odiarlos.
Siguen los párrafos más significativos del cuento de Jack London.

¡Oh, Makamuk! -le dijo-. Yo no estoy destinado a morir. Soy un gran hombre y sería una locura que muriera. En verdad debo seguir viviendo. Yo no soy como esta carroña -miró el bulto gimiente que había sido el Gran Iván y lo rozó despectivamente con la punta de su mocasín-. Yo sé demasiado para morir. Mira que poseo una gran medicina. Yo sólo sé el secreto. Y como no voy a morir, cambiaré la medicina contigo.
-¿Qué medicina es esa? -preguntó Makamuk.
  -Te lo diré. Si aplicas un poco de esta medicina a tu piel, ésta se vuelve tan dura como la piedra, tan dura como el hierro, de modo que ni el arma más afilada puede cortarla. El filo más agudo, el golpe más fiero, resultan vanos contra ella. Esa medicina torna el cuchillo de hueso en un pedazo de barro y mella el filo de los cuchillos de acero que nosotros les hemos dado a conocer. ¿Qué me darás a cambio de mi secreto?
-Esto es absurdo -dijo Makamuk-. No existe tal medicina. No puede ser. Nada puede resistir al filo del cuchillo -Makamuk no lo creía... y, sin embargo, dudaba. 

Subienkow no perdió mucho tiempo mientras reunía los ingredientes para su pócima. Seleccionó todo lo que le vino a las manos: agujas de abeto, cortezas de sauce, un trozo de corteza de abedul y unas bayas que hizo extraer de la tierra a los cazadores después de limpiar el terreno de nieve. Recogió por último unas cuantas raíces heladas y regresó al campamento.
Y mientras se frotaba el cuello con aquella mixtura entonó gravemente una estrofa de La Marsellesa. Levantó la mano. Makamuk blandió el hacha, una segura de las que utilizaban los indios para cortar troncos. El acero hendió como un rayo el aire helado, se detuvo una fracción de segundo a la altura de su cabeza y descendió después sobre el cuello desnudo de Subienkow. Carne y hueso cortó la hoja limpiamente, abriendo después una profunda hendidura en el tronco. Los salvajes, asombrados, vieron caer la cabeza a un metro de distancia del tronco ensangrentado.
Se hizo un profundo silencio, durante el cual, poco a poco, se fue abriendo camino en las mentes de aquellos salvajes la idea de que no existía tal medicina. El ladrón de pieles los había engañado. De todos los prisioneros, sólo él había escapado de la tortura. En eso había consistido su jugada. De pronto se levantó una oleada de risotadas. Makamuk agachó la cabeza avergonzado. El ladrón de pieles lo había burlado. Lo había ridiculizado ante los ojos de todos.





Y lo mejor de todo es que esta misma historia ya se contó mucho antes.  En 1516 Ludovico Ariosto publica el poema “Orlando Furioso”.  Relata las aventuras de Orlando (Roldán en España) y  otros muchos caballeros andantes, tanto musulmanes como cristianos, en los tiempos de Carlo Magno. Dentro de las infinitas aventuras de todo tipo que viven los numerosos personajes del libro, encontramos la trágica historia de la dama Isabela y su enamorado caballero Zerbino: Tienen la desgracia de toparse con el bestial y depravado caballero Rodomonte, que nada más ver a la dama quiere raptarla. Zerbino la defiende pero muere a manos de Rodomonte y la infeliz Isabela queda a su merced. Ella, temerosa de todo lo que le puede pasar con ese energúmeno, decide que seguirá fiel a su difunto Zerbino y de ninguna manera dejará que la viole y la deshonre.

  
    Ya no sabe qué hacer, pues ve que crece

el apetito ciego del pagano,
con quien, ansioso del lascivo acto,
cualquier oposición será baldía.
                …………..
     Y así le dijo al sucio sarraceno
cuando acudió con actos y palabras
privados ya de aquella cortesía
que le había mostrado inicialmente:
-Si lográis que con vos yo esté segura
de mi honor sin motivo ni recelo,
os daré a cambio algo más preciado
para vos que el haberme deshonrado.
     Hay una hierba que al pasar he visto
y que puede encontrarse  fácilmente,
que cocida con hiedra y ruda al fuego
con leña de ciprés y machacada
por inocente mano, suelta un jugo.
Quien tres veces con él se moja el cuerpo,
de tal manera el luego lo endurece,
que del hierro y del fuego lo protege.

                  

      Prometió reprimir su violencia
y esforzarse en no hacerle ningún daño
hasta no comprobar si eran reales
 las virtudes del agua milagrosa.
Pero no piensa mantener el pacto,
 pues ni a Dios ni a los santos reverencia,
y Rodomonte en falsedad supera
a toda la mendaz África entera.

   Mientras Isabela prepara la poción, Rodomonte espera bebiendo vino en abundancia. En este mundo de caballeros andantes la magia es una cosa de lo más habitual, pero Ariosto reconoce que el bárbaro Rodomonte, sobrio, quizá no hubiera caído en el engaño.

    -Quiero ser la primera que se tome
este óptimo licor de virtud lleno,
por si habíais pensado que mi pócima
escondía un mortífero veneno.
Con él me mojaré completamente
la cabeza y el cuello y todo el pecho;
después con fuerza clávame tu espada:
Verás si es eficaz, o si ésta taja.
      Se untó y alegre puso su desnudo
cuello delante del pagano incauto,
incauto y derrotado por el vino,
contra el que no hay broquel ni arnés que valga.
La creyó, en fin, el bruto sarraceno
y descargó con fuerza su estocada:
la cabeza, de Amor morada antaño,
se separó del cuerpo mutilado.
.......
      Quedó en tierra, burlado y ofendido,
aquel nuevo Breusse tan despiadado,
y cuando digirió el montón de vino,
lloró su error y se quedó mohíno.


    Esta variante, la más antigua, es la más original, aunque sólo sea porque la protagoniza una mujer . No sé si Ariosto se basó en alguna historia previa. No sería raro. 
   En todos los casos se dan siempre las mismas constantes: preferir la muerte a la tortura (aunque en el Furioso parece pesar más el miedo a la deshonra); la pócima hecha con hierbas, y, sobre todo, la vergüenza que siente el que se sabe burlado por ser un ingenuo que se cree lo de la magia. Este sentimiento hace que el asesinado, pero no torturado, obtenga una póstuma victoria pírrica .